Cuando la Armada Nacional no tenía buques más grandes que el “Garibaldi” y el “Pueyrredón”, el instrumental óptico era recorrido por personal especializado, contratado por la Dirección General del Material Naval a los fabricantes del citado instrumental.
Un tiempo después la citada Dirección contrató los servicios de una Casa de Óptica de la Capital Federal (Lutz Ferrando) para efectuar dichas tareas.
No obstante estar realizado el trabajo por una firma nacional, los elevadísimos aranceles que cobraba incidían sobre el presupuesto de la Armada en forma alarmante. Este fue el motivo por el que la Dirección General del Material Naval buscara un medio para evitar esa erogación.
Con la llegada al país de los Acorazados “Moreno” y “Rivadavia” el material óptico era mantenido por dos Suboficiales Mecánicos Artilleros (Joaquín González y Armando Fernández). Para ese trabajo el “Taller” estaba instalado en un local de la Torre de Señales (luego Escuela de Telemetría) en la Base Naval de Puerto Belgrano. Este personal, precariamente instalado y carente de material de ajuste adecuado para tan delicada tarea, suplía los inconvenientes con un alto sentido de la responsabilidad y cariño a la profesión. Así las cosas, hasta que a principios de 1922 arriba al país un súbdito inglés. Mr. Tomás Guillermo Dawson, quien aceptó el ofrecimiento de nuestra Armada para la creación de un Taller de Óptica y Control Tiro y a la vez aportar con su trabajo y experiencia en la formación de personal especializado, (Mr. Dawson posteriormente fue militarizado, llegando al grado de Suboficial Mayor.)
Es decir, la creación del Taller de Óptica y Control Tiro data de 1922. En primera instancia el Taller funcionó en un pequeño local habilitado en el Arsenal de Artillería de Marina de Zárate, estando a su cargo el técnico inglés.
Posteriormente y hacia 1924, al aumentar las necesidades de trabajo en la Escuadra de Mar, el Taller debió ser trasladado a la ya citada Torre de Señales, pero solamente se contaba como elemento de ajuste con un colimador “Ross” y los telémetros se ajustaban sobre balizas de distancia conocidas. Sólo en 1928 se vislumbró el primer esfuerzo serio tendiente a subsanar esos inconvenientes, pues se designó a los Tenientes de Fragata Athos Colonna y Juan Bocri para efectuar cursos de especialización de óptica en Italia, con visitas a fábricas de ese país, y en especial a la Carl Zeiss en Holanda, donde el Suboficial Joaquín Martinezzi y el Cabo Principal Miguel Oscar Fernández se hallaban recepcionando el material óptico que debía instalarse en los Cruceros “25 de Mayo” y “Almirante Brown”. La experiencia recogida por el personal y la gran cantidad de elementos de control adquiridos, fueron las fuerzas impulsoras para que él hasta entonces modesto Taller de Óptica comenzara a encarar trabajos de gran envergadura, considerados hasta ese momento totalmente imposibles de efectuar en el país.
Ya hacia fines de 1933 se inician las gestiones para la contratación de un técnico italiano elaborador de lentes y prismas, tarea que por la habilidad manual que es necesario poseer, como por la alta precisión que exige, era totalmente desconocida en nuestro continente y se suplía únicamente con repuestos adquiridos a las fábricas proveedoras de instrumental. Estas gestiones se concretaron a principios de 1935 con la llegada al país del técnico Sr. Gino Parronchi, de la Galileo en Florencia.
También para esa fecha se manifiesta la primera inquietud de instalar la Sección Control Tiro para la reparación en tierra de todo el material, dado que hasta entonces esa labor se realizaba abordo con muy pocos elementos y resultados no siempre satisfactorios, no obstante la excelente preparación y mejor disposición del personal dedicado a esas funciones.
La incorporación de nuevas Unidades a la Armada, tales como el Crucero “La Argentina” y los Destructores tipo “Buenos Aires”, significó un llamado de atención pues era necesario la preparación de personal directivo ampliamente capacitado para atender y solucionar los múltiples y variados problemas de tiro y navegación que presentaban las nuevas unidades. De esta manera se seleccionaron los Ingenieros Electricistas de 3° Elio López y Mario A. Copello, quienes estudiaron en Italia y recibieron los Títulos de Ingenieros Ópticos. Esta nueva orientación, sumada a la que inicialmente tenían en Marina, los habilitó para desempeñarse eficientemente en las ramas mencionadas, con lo que nuestros buques llegaron a obtener el grado de mantenimiento ideal en un aspecto poco conocido, pero no por eso menos valioso y apreciado por los Jefes de Artillería.
Es decir, con la llegada al país de nuevas unidades navales, el antiguo Taller de Óptica no cubría las mínimas necesidades logísticas, de ahí que su ampliación o la creación de un nuevo edificio era inminente.
Paralelamente con los cursos seguidos por estos Oficiales, el entonces Capitán Athos Colonna, a quien se debe considerar justicieramente como el “alma mater” de la Óptica en la Marina de Guerra, proyectó, gestionó y prácticamente dirigió la construcción del actual edificio, destinado a facilitar la ejecución de los trabajos en forma orgánica, y acorde con la real importancia que tienen con relación a las actividades de un buque de guerra.
A fines de 1940 se produce “la gran mudanza” y con ella comienza la etapa de mayor evolución en su historia.
Como consecuencia de los estudios cursados en Italia, el ingeniero López proyecta e instala el Laboratorio Óptico, con todo tipo de instrumentos de control, con el cual es factible comenzar a realizar tareas de valor, como proyectos de telescopios, miras, alzas de reflexión, anteojos de puntería y la construcción de prismáticos binoculares fabricados en el país. Así mismo se incorpora también con carácter de primicia nacional, la máquina de alto vacío para el tratamiento de superficies ópticas.
También en esa época se agrega al Taller la Sección Girocompás, que viene a llenar una sentida necesidad técnica, ya que el mantenimiento de los “giros” se efectuaba a bordo con las lógicas incomodidades y carencia de elementos.
Años más tarde, producida la incorporación de los Cruceros “9 de Julio” y “General Belgrano” y las Fragatas tipo Sheffield con sus modernos y complejísimos mecanismos de control totalmente electrónicos, el Taller debió agrandarse constantemente para que sus servicios se hallaran a la altura de los requerimientos específicos y hoy, a cincuenta años de la primera inquietud, podemos exhibir con todo orgullo un Taller que se estima el más completo que sea dable hallar en esta parte del continente.
Fuente: Enrique Juan Triadó, Historia de la Base Naval Puerto Belgrano, Cap. III - Págs. 118-120. Instituto de Publicaciones Navales.










