
Antes de alejarse de San José, Juan de la Piedra ordena al piloto Manuel Bruñel y al oficial de infantería Pedro García, el reconocimiento de las extensas costas próximas al fuerte. Llegaron hasta la boca del río Colorado; pero no pudieron entrar en él.
También avistaron la boca del río Negro. El enorme oleaje los impresionó vivamente, por lo que no se atrevieron a forzar la barra.
Entonces de la Piedra ordena al piloto de la Real Armada, don Basilio Villarino y Bermúdez, la exploración del río Colorado; pero el mencionado piloto, según su libro de navegación, se propuso descubrir el río de los Sauces, pues así, y no río Negro, lo llamaban entonces los españoles.
Villarino se hizo a la vela el 13 de febrero de 1779 y pocos días después, avistaba la boca. El 22 de febrero, por fin, su bergantín de Nuestra Señora del Carmen y Ánimas, navegaba el río Negro al que los indígenas denominaban CURRU LEUVU (río Negro).
Inmediatamente los indios se acercaron a la nave en son de paz; algunos trajeron obsequios: frutos de chañar. Villarino los regaló con tabaco, aguardiente, tocino y pan.
Pero los aborígenes no se cansaban de pedir; el piloto tuvo que darles su pañuelo, la colcha de su lecho, su cortaplumas y hasta sus ligas.
Villarino regresó a San José encontrando a don Francisco de Viedma al frente del fuerte. Ya dijimos que de la Piedra se había ausentado en viaje a Buenos Aires. A aquél, por lo tanto, el piloto informó sobre la grandiosidad del río descubierto, la fertilidad del valle, la benignidad del clima, la abundancia de caza y pesca, de sal y saucerías. Estos datos tan halagüeños hicieron pensar a don Francisco de Viedma que la región explorada era un verdadero paraíso terrenal comparado con el paisaje desolador de San José.
Fuente: Municipalidad de Carmen de Patagones.










