
El río salado era el límite entre el territorio efectivamente gobernado por los españoles y el suelo aún en poder de los indígenas. En esa inmensa extensión de tierra todavía sin conquistar, se distinguían dos regiones: la Pampa o las pampas, y la Patagonia.
La Patagonia, como bien sabemos, comienza aproximadamente en el río Colorado y se dilata hacia el sur. Es una región árida, de mesetas ásperas, sin árboles, de vientos huracanados y clima frío. Su paisaje monótono, gris, huraño, atemorizó en aquella época a los primeros hombres blancos que la conocieron; de allí que la consideraran misteriosa y la creyeran poblada por gigantes y escondiendo en sus desiertos una ciudad encantada. En ella vivían los "aoniken" (tehuelches) o patagones, indígenas dedicados principalmente a la caza de guanacos y ñandúes.
La pampa, que se extiende desde el río de la Plata y océano Atlántico hasta los Andes y desde el sur de Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe hasta el río Colorado, no es una inmensidad, como se cree vulgarmente, monótona y uniforme. Muy por el contrario. La llamada pampa seca, o sea la del oeste, suele ofrecer un paisaje llano de suelo arenoso y tupidos montes de caldén y algarrobo o grandes depresiones con acumulación salina u hondos valles formados por cadenas de enormes medanos. La pampa oriental o húmeda, en cambio, "es una pradera sin bosques enriquecida por arroyos y lagunas a cuyas orillas las gramíneas y las flores silvestres den un vívido color a la llanura y en donde anidan las garzas y otras aves que interrumpen las soledades y el silencio del lugar. Su horizontalidad, hacia el sur, la interrumpen dos grupos de sierras no muy altas "Tandil y la Ventana" al decir de un conocido escritor nacional.
En la pampa o las pampas vivían, además de algunos grupos tehuelches, los mapuches, de origen araucano. Habían llegado a ellas atraídos por la presencia de miles y miles de vacas y caballos que vagaban libremente por la llanura.
Los indios conocían todos los secretos de la pampa; no así el hombre blanco quien de pronto podía caer en un guadal o cangrejal, caminar sin rumbo sin hallar donde beber una gota de agua, caer en manos de un grupo de indígenas ocultos tras una cortina de médanos a ser atacados por un jaguar o ser picados por una víbora de la cruz sin encontrar para su auxilio un solo ser humano en cientos de leguas a la redonda.
Sin embargo, algunos españoles o extranjeros al servicio de España se atrevieron a cruzar o penetrar esas regiones inexploradas.
Algún funcionario con interés militar o político o algún sacerdote buscando la evangelización de los aborígenes. Uno de éstos, el jesuita Falkner, inglés de nacimiento, de regreso a su patria, escribió sus memorias describiendo geografía, naturaleza y pobladores de pampas y Patagonia y, además, haciendo conocer el abandono en que España tenía a esas inmensas y ricas tierras sureñas.
Thomas Falkner o Tomás Falconer (1702 - 1784) fue un sacerdote jesuita, uno de los primeros etnólogos que actuó en lo que luego sería la Argentina, donde permaneció casi cuarenta años. Sirvió como misionero, realizó numerosas exploraciones y acopió gran cantidad de información sobre los indígenas, la fauna, la flora y los accidentes naturales del territorio.
Estudió medicina en la Universidad de San Andrés de Edimburgo. Allí, Falkner fue alumno del prestigioso anatomista Richard Mead, y, según algunas fuentes, de Isaac Newton.
Poco después de terminar sus estudios, la Royal Society de Londres lo comisionó para que pasara al Río de la Plata y estudiara las propiedades medicinales de las plantas americanas. Gracias a la amistad con un capellán, se empleó como médico de a bordo en un barco dedicado al tráfico de esclavos y así, tras pasar por Guinea, llegó a Buenos Aires, hacia 1730. La ciudad, que dependía del Virreinato del Perú, tenía por entonces unos 10.000 habitantes.
Fuentes: Municipalidad de Carmen de Patagones. Wikipedia, la enciclopedia libre.










