
Eran la doce del mediodía. Y es una hora que no se acostumbra a pasar el Faro Rincón para ir a San Blas, porque después del Faro Rincón hasta Morro Indio, Bahía Unión, son 6, 7, 5 horas y media de navegación, 40 millas. Y a la tarde toda la Patagonia –máxime en esa época, febrero, marzo- ya empiezan a rotar los vientos del sur porque la estación empieza a cambiar…
Pero todo el horizonte, todo el horizonte. Por que lo que tiene de lindo el mar es eso. Por eso aquel que es un poco observador, aprende a conocer algo, no todo. No todo. Todo el horizonte no había una sola nube. ¡Un día! El mar tranquilo… y bueno, nos largamos. Nos largamos. Nos largamos cerca de la una de la tarde…
Yo veía cuando navegábamos un movimiento de aguas. Le digo a mi hermano: Qué raro, le digo, la marea crece. ¿Cómo es? (Por que hay una razón: la marea cumple horario siempre que el viento se lo permita). Y para mí, a pesar que estaba sobre la lancha y navegando, ese movimiento de aguas me estaba indicando que la marea crecía. ¿Por qué crece antes? Porque hay próximo algún viento del sur, fuerte…
Y así fue. Antes de llegar al Banco Serpiente, mucho antes de llegar empezó a soplar viento sur. El viento sur… y empezó a oscurecerse. Cuando llegamos –estábamos sobre el banco Serpiente, un poco antes- yo te garanto a vos que vos ponías el dedo a la altura de la nariz y no lo veías. Viento y agua. Y el motor a nafta, que era una joyita, con tanto oleaje se quería tapar… truenos, relámpagos, lluvia, pero era una tormenta que una cosa es decirlo, otra haberla vivido…
Cuando encontramos la profundidad con la caña… Costa, costa, costa, costa, bueno, ya cuando entramos, alcanzamos a entrar en un riachito, la tormenta estaba igual pero el mar de fondo y la marejada ya no, habíamos sentido un alivio. Y la anécdota tiene como relación… no termina ahí. La parte final… el final…
Pusimos el ancla de acá, ancla de allá para asegurar la lancha. No teníamos cabina en aquel entonces. La vida era en la bodega. En la bodega teníamos cuchetas, cocina. Un poquito en cuclillas, un poquito sentados. Y nos fuimos todos a la bodega porque estábamos mojados, todos mojados de los pies a la cabeza, con frío de novela, y cuando nos pusimos todos en la bodega, que cerramos toda la escotilla, prendimos la calefacción, la cocinita para entrar en calor… Y ahí está la anécdota: empezamos a reírnos todos como locos. Nos mirábamos y nos reíamos. Nos reíamos. Nos parecía mentira, digo yo ahora, pienso, y pienso muchas veces, nos parecía mentira que habíamos sobrevivido a semejante tormenta.
Fuente: Suplemento de Pesca. “El Puerto” N° 6, noviembre de 1994.










