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Haciendo frente a las sudestadas

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dia internacional de la mujerMirta Capdevilla de Schönoff fue otra de las mujeres que residió en las islas de la ría, debiendo afrontar sudestadas, crudos inviernos y también la soledad reinante en esos indómitos parajes.

Su historia se remonta a julio de 1994, cuando, junto a sus cuatro hijos, de 12, 10, 3 y 1 año, llega a la isla Ariadna, donde su esposo residía desde un año y medio antes, lapso que le llevó poner la vivienda y los galpones en condiciones, ya que todas las construcciones preexistentes estaban muy abandonadas.

La casa la dividieron en dos porque, en forma simultánea, allí también se instaló el matrimonio Anríquez y sus dos hijos de tres y un año.

Ambas unidades habitacionales estaban unidas por una puerta, la cual sólo se abría cuando las mujeres y los menores se quedaban solos.

"Mediante una perforación obteníamos agua de excelente calidad y la luz era proporcionada por un motor a nafta que alimentaba una batería. "Con esto --agrega Mirta--, podíamos tener radio y televisión a 12 volts".

"En la isla se hace de todo. Las provisiones (harina, levadura, yerba, azúcar, leche, fideos y todo lo necesario), lo adquiríamos en bolsas.

Día por medio se hacían 5 a 6 kilos de pan, como también tortas y facturas, para lo cual había hacer leña, traerla, preparar el horno, hornear, y luego limpiarlo", relata.

Chivos, conejos y peces proporcionaban la carne necesaria, mientras que unos pocos cerdos y aves de corral llevados a la Ariadna garantizaban ricos y nutritivos menús isleños.

"Yo y los chicos pescábamos con un tramallo. Lo poníamos en uno de los canales con marea alta y con la baja lo retirábamos", precisó.

Luego dijo que también solían extraer almejas, las cuales eran sometidas a un largo proceso de elaboración.

"En varias oportunidades intentamos hacer una quinta, pero no pudimos concretarla porque el terreno es muy arenoso y además los conejos silvestres que abundan en las islas hacían estragos", dijo.

Esposa, madre y maestra

Pero sus labores cotidianas no se resumían "sólo" a realizar las tareas de la casa y ayudar a su marido en la explotación agropecuaria.

"También hacía de maestra porque, como los chicos mayores estaban en edad escolar, en el colegio le habían facilitado programa y manuales. Yo, todos los días, les daba dos horas de clase para que, a fin de año, pudieran rendir y pasar de grado.

"Además de todo el sacrifico que esto implicaba --agregó--, disfrutábamos todo lo natural que te rodea, porque el aire es más sano y el paisaje es muy bello. Incluso había un cementerio de caracoles, que cuidábamos mucho, y un asentamiento de lobos marinos en un sector de la isla. Aprovechábamos la playa, sobre todo los chicos, y de noche, desde los médanos, nos pasábamos largos ratos mirando las luces de Bahía Blanca. Realmente no teníamos tiempo libre."

Si bien admite que la idea inicial era quedarse varias temporadas en la isla, sólo pudieron "aguantar" siete meses porque, desde el punto de vista económico, la ecuación no rindió lo suficiente.

Fuente: La Nueva Provincia, domingo 9 de marzo de 2003.

Referencia: Silvana Cinti, Especial para "La Nueva Provincia", Domingo 9 de marzo de 2003. Silvana Cinti es profesora de Geografía, miembro de la comisión directiva de Tellus Asociación Conservacionista del Sur y colaboradora del Programa Ambiental de la Reserva Natural de Uso Múltiple de Bahía Blanca.

Haciendo frente a las sudestadas
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Última actualización el Martes, 07 de Junio de 2011 10:32  
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