
Frente a nuestros puertos, cruzando el canal principal, comienza un mundo desconocido para la mayoría de los bahienses: las islas de la ría, un mundo donde la indómita y áspera geografía hizo que fuese patrimonio exclusivo de los hombres.
Sin embargo, junto a pescadores, navegantes, peones, tractoristas y esquiladores, hace ya varios años también convivieron un puñado de sacrificadas mujeres que dejaron parte de sus vidas en esa inconmensurable sucesión de tierras inundables, playas de finas arenas y extensas planicies donde el silencio sólo es quebrado, de tanto en tanto, por el rugido de las sudestadas.













